Realmente, ¿todos tenemos un propósito?
En una era donde la tecnología nos arrebató el silencio y con ello la creatividad, aparecen preguntas para quienes están despiertos y ven los vacíos que se van creando con esta revolución de la información.
Nos vendieron la idea del “descubre tu pasión y no trabajarás ni un día de tu vida”. Nos “vendieron" o quizás asumimos, que esa pasión está íntimamente ligada con nuestro propósito. Y por ende, este propósito lo podemos encontrar únicamente a través de lo laboral.
Tiene sentido que lo interpretemos así, habiendo crecido en una época donde la hiper-productividad es la ley primera para ser reconocidos como personas. Donde se premia ante el descanso. Que los resultados se miden en ascensos, dinero y seguidores.
Pero, ¿Cuál es realmente el propósito? A medida que pasan los años, voy profundizando en esta búsqueda. Y contrario a lo que esta sociedad nos invita, he encontrado más respuestas alejándome de la mente y conectándome con mi corazón. Y si, parece cursi decirlo así. Pero cobra sentido cuando entendemos las energías que dominan estos dos órganos que tanta información nos brindan sobre nosotros mismos.
La energía masculina es la que ha dominado nuestra sociedad desde que conocemos su historia. La energía del hacer, de lograr resultados, de trabajar, de sobrevivir. Es la energía de nuestra mente, que se ocupa de mantenernos activos todo el día, todos los días. ¿Y el corazón? Es la energía femenina. Es la que precisa silencio para escuchar su voz, sus latidos. El corazón es nuestro cuerpo, responsable de mantenerlo vivo. No pide permiso para sentir, no juzga, no se detiene. Fluye como la naturaleza, nuestra naturaleza humana. Sin embargo, elegimos callarlo. Fingir que no existe, que no siente, que no merece ser escuchado. Que es puro cuento de amor.
Nos hemos polarizado hacia la mente, hacia la energía masculina. Y nos olvidamos que para escuchar precisamos sintonizar con la energía del corazón. Con esa energía femenina intuitiva, que no precisa estrategias, que no entiende de lógica, que no precisa ver para creer. Que nos conecta con el más allá. Que se escucha en el silencio.
Y nos preguntamos, ¿cómo no vamos a buscar nuestro propósito a través de la mente? Si nos fuimos olvidando del corazón. Cómo no vamos a estar polarizados en la energía masculina, si es “normal” que las mujeres tomemos anticonceptivos sin cuestionarnos. Anulando nuestro ciclo natural de 28 días para convertirlo en ciclos de 24 horas para rendir más y mejor.
Nos desconectamos de nuestra naturaleza porque es más fácil. Como lo es pedirle a la inteligencia artificial que nos redacte un post, un artículo o hasta un libro, porque ya no tenemos la paciencia. Porque anulamos la creatividad como si fuera una condición inherente a nuestra naturaleza. Porque damos por sentado que siempre va a estar y no precisamos ejercitarla. Porque pensamos que está solo en nuestra mente, pero la realidad es que vive en todo nuestro cuerpo.
El sentido de la vida es una búsqueda que puede ser desesperante como profundamente transformadora. ¿Y si lo desesperante es buscarlo con la mente, y lo transformador es buscarlo con el corazón?
Callar para escuchar. Habitar el cuerpo para conectar con nuestras emociones. Movernos para liberarlas. Sentir para aceptar y atravesar. Y confiar, que la vida nos va mostrando por donde caminar. Y si aprendimos en el proceso, adoptar lo que la vida nos va mostrando en el camino, como aprendizajes para entender que el sentido de esta vida no está en el futuro, sino que está aquí y ahora.
Reflexión a partir de la lectura “Vivir con sentido” de Alejandro De Barbieri sobre cómo estamos viviendo día a día, esto que llamamos vida.
ANTONELLA BOTTI





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